miércoles, 19 de agosto de 2015

Entrevista a Juanda Cortés (completa)



Entrevista a 

JUANDA CORTÉS

(Completa)


Por David Martínez Romero

Madrid, 16 de septiembre de 2013

Juanda Cortés, Autorretrato.


(La primera de las entrevistas destinadas a dotar de contenidos propios, más allá del canal de vídeo, al blog de Homo Artifex fue realizada dos años antes de que el blog viera la luz. Una vez puesto en marcha, será difícil que podamos contenernos y no continuemos con la publicación de más entrevistas escritas. Varias están ya en proceso. Pero la primera tiene siempre un sabor especial; quizá por ello decidimos hacérsela a un buen amigo y mejor colaborador, con la idea siempre presente de que entender Homo Artifex es entendernos a nosotros mismos. Y este proceso es el que todos compartimos sin excepción, bien que con resultados dispares, de modo que tal vez la forma más honesta de hacerlo sea hacerlo abiertamente. El texto es por cierto extenso, no hemos sido capaces de resumirlo, acaso nos decidamos a hacerlo después de que nos insistan en que textos así de largos, en Internet, no los lee nadie. Pero entretanto, proponemos enfrentar la lectura de esta entrevista como si se tratara de un relato, cuya duración viene condicionada por las necesidades internas del relato mismo. Por lo demás, Homo Artifex es un proyecto para personas que tienen tiempo. Y si bien es cierto que cada uno lo emplea como le viene en gana, sabiendo que esta entrevista logró que el propio padre de Juanda Cortés le confesara al leerla que había llegado a conocerlo mejor, siempre podemos confiar en que, por lo pronto, todo amante de la fotografía sentirá, si no idéntico, al menos parejo sentimiento al conocerse mejor simplemente leyendo cómo la fotografía aportó guías para el autoconocimiento para nuestro entrevistado. En última instancia, como la entrevista viene acompañada por fotografías de referencia y, al final, una selección de imágenes del artista entrevistado, uno puede siempre ver simple y solamente las fotos.)




Me pregunto si no será más que una simple casualidad, o por el contrario hay un motivo, para mí oculto, por el que durante los últimos años vengo, de una forma u otra, a parar siempre en el madrileño barrio de La Latina. El caso es que aquí estoy, de nuevo, saliendo de la estación de metro para dirigirme al nuevo apartamento de Juan David Cortés, Juanda para los amigos, situado en la muy castiza Calle de la Ribera de los Curtidores. Son las diez y media de la mañana de un soleado lunes septembrino. La calle se encuentra prácticamente desierta. Me sitúo frente al portal, hago saber que he llegado y penetro en el edificio. No hay ascensor, así que asciendo cinco pisos de viejas escaleras de madera que despiertan en mi memoria recuerdos de mi temprana infancia en Cuatro Caminos, otro barrio también típicamente madrileño. Reparo por unos instantes en el silencio que recorre el luminoso espacio, abierto a un pequeño patio interior que comunica todos los apartamentos. Entro en la casa de Juanda, nos abrazamos, y nos disponemos a comentar los pormenores de la entrevista mientras preparamos un par de tazas de café. Recuerdo el momento en que nos conocimos, trabajando para la misma agencia, en la isla de Ibiza: Juanda tomando fotografías y yo produciendo un vídeo sobre la fiesta que estaba teniendo lugar. Desde el comienzo tuve la sensación de que aquel tipo alto, delgado y de maneras delicadas, cuya construcción física no tiene sin embargo nada de frágil, era un amigo de toda la vida. Me cayó bien al instante. Claro que, como él reconocerá más adelante, Juanda era un profesional de caer simpático. Ello no obsta para que, realmente, se trate de una persona tan cordial como amable. Le pregunto cómo recuerda él nuestro primer encuentro.

     —Pues recuerdo haberte conocido una noche, en Ibiza, trabajando para Corona Island —responde—. Y lo que más recuerdo… bueno, recuerdo que estábamos trabajando en Kumharas, haciendo el reportaje (cada uno en su disciplina) de la sesión de Stephan Pompougnac…


    Se toma un tiempo para pensar, y me confiesa que en aquel momento se sentía ya un poco harto de hacer aquel trabajo (lo que se suele llamar un making of fotográfico), y de alguna manera sentía que aquello, para él, ya no daba más de sí.

    —Y apareciste tú —prosigue—, aunque no recordaba haberte visto antes, y nada, nos pusimos a hablar, no sé de qué, me invitaste a que me sentara con tu equipo a tomar unas cervezas… y recuerdo que, pensé, me llamó la atención que no tuvieras pinta de director. Y eso me moló, es una de las cosas que recuerdo de esa noche. Y ya empezamos a hablar, no recuerdo exactamente de qué hablamos: de trabajos, de proyectos.

    Así fue. En mi caso, instintivamente llegué a la conclusión de que quería colaborar con él, sin haber visto siquiera una sola foto, lo cual no deja de ser revelador acerca de lo impulsivo de mi naturaleza. Como es lógico, antes de colaborar efectivamente había que pasar por el proceso de reunirnos, ver sus fotografías, charlar y decidir si estábamos en sintonía. Y lo estábamos; en apenas unas semanas, ya de vuelta en Madrid, comenzamos a colaborar. Y ahora, con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta de que, desde el principio, me llamó la atención una cualidad de su fotografía que sin duda ha mantenido desde entonces, si es que no se ha acrecentado: predilección por la composición con muy pocos o un solo elemento, algo que en una primera aproximación trato de definir como minimalismo. Juanda está de acuerdo.

    —Sí. Minimalista… o sin que sobren elementos. Puede haber doscientos elementos y que todos estén muy bien. Pero creo que es una cuestión de personalidad. Pero sí, los pocos elementos son una constante en mi fotografía, y en general en mi vida. A ver, en la cuestión de fotografía, por épocas me he planteado si no sería más fácil hacer una foto con pocos elementos que con muchos. Pero, al final, he llegado a la conclusión de que no, de que es simplemente un criterio personal, y a veces lleva mucho más trabajo eliminar elementos a la hora de tomar una fotografía, o sea: decidir qué no quieres que esté en tu fotografía, frente a decidirse por jugar con todo lo que hay. Yo intento eliminar. Si me observo, en general, pues veo me gusta la carne sin salsa, las camisetas sin dibujo o con una cosa muy concreta, que me gustan los escritores que escriben con pocas palabras. Son cosas de las que me he ido dando cuenta con el tiempo y creo que tal vez se correspondan con niveles más profundos, pero tampoco he llegado al punto de autoconocimiento como para decir: “Y además está presente en esto y en esto más en mi vida”.


Imagen extraída del making of fotográfico de Corona Island.
Fotografía de Juanda Cortés, Ibiza, 2010.

    Al escucharle, me pregunto hasta qué punto es conveniente para un creador indagar más de la cuenta en sus propias motivaciones. Hablamos sobre la necesidad de dejar correr el instinto y nos preguntamos qué es la fotografía en sí misma.

    —La fotografía —dice Juanda—, hablando desde el punto de vista del autor, rescata la atención de la mirada; aunque luego es verdad que tiene, aparte, una función social muy fuerte, que de momento podemos obviar. Si hablamos de la relación del fotógrafo con aquello que fotografía, es puro opinar en todo momento, resaltar, destacar, subrayar. Recuerdo que esto no se me hizo evidente hasta que un día, creo que fue en el último trabajo que hicimos juntos, me dijiste: “¡Hey, has hecho fotos con más de una persona o con más de un elemento!”, o algo así, y dije: “Oye, pues es verdad: tiendo a hacer eso”.

    Ese último trabajo al que se refiere es el making of fotográfico de Fer Reinvents. De hecho, este tipo de colaboración ha sido una constante en nuestra relación profesional. Le digo a Juanda que me gustaría pensar que hemos sido capaces de hacer un trabajo con personalidad, capaz de identificarse como nuestro para todo aquel que se acostumbre a verlo, si es que algo así llega a pasar.

    —Eso es: eso sería, vamos… —dice él— no sé si la meta, porque no creo que haya una meta, pero sería como para empezar a estar satisfechos, ¿no? Que digan: “Ah, mira, esto es un curro de David y Juanda”.

    Le pregunto cómo ha sido, en general, la experiencia de trabajar juntos.

    —Hombre, yo lo he vivido como un salto —responde—, o sea: para mí ha sido un salto hacia delante, y en muchos sentidos. En el sentido quizá más práctico, más referente a los contactos o trabajos que se han derivado de trabajos contigo, ha sido claro. He currado después con Javier Morgade, al que conocí a través de ti, he seguido trabajando contigo… Pero no es eso lo que yo destacaría, yo destacaría que colaborando juntos, ha sido la primera vez que he sentido libertad absoluta para trabajar, y eso para mí no tiene precio. Ha sido la experiencia más bonita, en ese sentido, porque creo que no lo he vuelto a sentir jamás. O sea, no se me ha dado con otros trabajos, esa sensación de: “¿Tú?, haz lo que quieras, yo te contrato porque a mí me mola lo que tú haces y me mola que la gente que trabaja conmigo haga lo que quiera, porque confío en esas personas”. Y eso, ojalá con los años se vaya convirtiendo en una constante en mi vida profesional. Pero, hasta ahora, tú eres la isla en el océano.



La actriz Marta Suárez y el músico Jordi Sapena en el rodaje del vídeo musical “Febrero”,
de La Habitación Roja. Fotografía de Juanda Cortés, Madrid, 2010.



    Pienso lo que me dice Juanda: me planteo hasta qué extremo esa actitud mía a la que se acaba de referir me define realmente. Creo que es tal cual. Pero, curiosamente, si gracias a dicha actitud he conseguido potenciar el talento o la creatividad de colaboradores que, como Juanda, han terminado por convertirse en personas muy cercanas, también es cierto que ha sido causa de graves conflictos con no precisamente pocos de los profesionales con los que he trabajado, y llegado a tener serios problemas. Quizá tan importante como la actitud, es ser bien consciente del tipo de persona con quien se está ejerciendo. El propio Juanda clarifica mi pensamiento:

    —Hombre, habrá que tener ojo para elegir a quién le das esa libertad, un ojo personal. No sé si tus problemas han venido de dar esa libertad o de no haber elegido bien a quién dar esa libertad. Tal vez sea de lo segundo, en mi opinión. Pero yo creo que cuando le das a alguien confianza y libertad para trabajar, y esto es algo manifiesto, es decir, que no parte de un: “Oye tío, hazme un favor, hazme este curro y haz lo que quieras…” No. Es: yo te contrato, por la cantidad de dinero que me pueda permitir, que hoy es ésta, ayer fue la otra y mañana será tal, pero quiero que hagas lo que quieras. Y así estás dando también a la gente, o por lo menos en mi caso, una responsabilidad, que consiste justo en ese hacer lo que quieran. Porque yo la he sentido en muchos momentos currando contigo, pues son jornadas largas: yo paso por fases de aburrimiento, pienso que ahora mismo aquí no veo nada, y entonces siento la tentación de sacar la maleta de los recursos visuales fáciles y hacer pues lo típico de “X”, que cada fotógrafo, cada persona, pues tendrá sus trucos. Pero no es eso, yo estoy ahí para hacer lo que quiera, para encontrar lo que quiero hacer, y si después de esa búsqueda decido que, ahora, lo que quiero hacer es estar media hora sin hacer una foto, lo hago con la convicción de que es lo que tengo que hacer, no empezar a cubrir expediente, que es algo bastante malo para el resultado final, cuando se busca algo de verdad, como lo que se ha buscado siempre que hemos trabajado juntos.
    Le pido que destaque alguno de los proyectos que hemos realizado en común, es decir, uno de entre todos los making of fotográficos que él ha elaborado sobre los proyectos audiovisuales que yo he tenido la fortuna de dirigir.
   

    —Hombre —responde rápidamente—, pues a pesar de que no sea el más agradecido de ver, recuerdo el spot de David Villa para Maxibón. Porque no había nada para fotografiar, me encontré con que a la media hora ya había fotografiado todo, y quizá haya resultado el menos interesante, pero para mí fue el que supuso un mayor reto, en el que quizás tuve más presente esto que acabo de decir ahora.



Rodaje del spot de Maxibón “Maxiball”, con el futbolista David Villa.
Fotografía de Juanda Cortés, Madrid, 2011.


Pero nuestra colaboración no se ha limitado a la documentación fotográfica de mis producciones audiovisuales, de la cual se encargó Juanda desde nuestro primer encuentro, sino que, también casi desde el comienzo, se nos ocurrió llevar a cabo un proyecto diferente. La idea partió del propio Juanda, y consistió en hacer un seguimiento fotográfico de mi vida, tal cual, sumando a nuestras colaboraciones profesionales la vertiente personal de aquellos momentos que ambos considerásemos lo bastante interesantes como para documentarlos. Dije que sí inmediatamente, y aún más: me ofrecí a dejar que Juanda eligiese con toda libertad dónde y cuándo hacer sus fotos, informándole para ello puntualmente de mi agenda privada, de mis costumbres y de mis intimidades. Este proyecto terminó convirtiéndose en Man in Progress, título que, por cierto, nace del título con que fue conocida la última obra de James Joyce mientras no tuvo título, finalmente llamada Finnegans wake, a la que durante sus aproximadamente veinte años de gestación el propio autor y sus acólitos se refirieron como «Work in progress», lo que se traduciría por «trabajo en marcha» u «obra en proceso». Un concepto fundamental en Homo Artifex



Imagen extraída del proyecto «Man in progress».
David Martínez Romero fotografiado por Juanda Cortés, Madrid, 2012.


    Le pido a Juanda que hablemos sobre la experiencia de haber desarrollado nuestro primer «Man in progress», dando por supuesto que a cualquiera le hubiese encantado participar en un proyecto tan peculiar, para descubrir, con sorpresa, que Juanda piensa de manera bien distinta.

    —Bueno, este proyecto, así a primera vista —explica—, me hizo creer que estas cosas ocurren; cuando digo “estas cosas” me refiero a que, para mí, que soy un curioso o un cotilla de vocación con la vida de las personas, el pensar que alguien te pueda invitar a fotografiar su vida, me resultaba un tanto utópico. Yo había visto proyectos parecidos, pero siempre ligados a una situación excepcional, como el seguimiento de la enfermedad de alguien, o cómo vive un parado, y hacer un seguimiento muy escueto de una situación concreta, por ejemplo un día en la vida de una prostituta, o ese tipo de cosas. Son temas en los que había un motivo muy fuerte para que esa persona quisiera que alguien contase ese aspecto de su vida, pero sólo ese aspecto, y luego siempre son curros que siempre van a ser publicados, lo cual te facilita el acceso. Cuando vas de parte un medio, en plan: “No, que soy del País Semanal, y usted que con el rollo este de la filatelia ha perdido su dinero, su casa, su mujer le ha dejado, pues me interesa contar su historia como denuncia de tal…”

    Me alegro mucho de verme incluido en una lista de personajes de tan alta alcurnia, y al instante comprendo que, en realidad, también mi vida sufrió un punto de inflexión con ciertos tintes dramáticos: cuando comenzamos a colaborar mi productora se encontraba en su apogeo, a medida que fuimos desarrollando proyectos en común sucedió el hundimiento del negocio y, con él, un cambio radical en mi estilo de vida que me llevó hasta una situación muy distinta, por lo demás similar a la de tantos otros hoy en día, pero que también me condujo hasta Homo Artifex. Quizá esa es la historia que narra nuestro «Man in progress». Y en cualquier caso, definitivamente, no parece que Juanda se haya encontrado con la oportunidad de realizar ningún otro proyecto de estas características. Así lo confirma:

—Pero que alguien simplemente acepte documentar su vida… —Juanda se toma unos momentos para reflexionar—. Porque luego tu vida sí que ha tenido cosas que hubiésemos podido utilizar como gancho, ¿no? Alguien que está llegando a un sitio y de repente se va todo a la mierda, la productora, el BMW, el ático con la terraza, las sesiones en los garitos de moda, todo esto. ¿Qué pasa después? Pero ya habíamos empezado, nosotros. Entonces, por un lado, sí es como… es algo esperanzador: esto… ¡puede ocurrir! Estas cosas ocurren, estas sinergias (no sé si estoy utilizando bien la palabra) se dan. Y luego, claro, yo he estado presente, te he fotografiado desmantelando tu casa, con tu padre; he tenido la oportunidad, lo habré hecho mejor o peor, pero he tenido la oportunidad de captar muchas cosas. No sólo es un tío que se muda, es un tío que tiene una relación especial con su padre y están ahí, de repente, codo con codo, bueno ya le puedes dar todas las vueltas que quieras que tú estás ahí, con total libertad. Y bueno, luego, pues en lo personal, también ha supuesto mucho, porque es un contacto íntimo con alguien. Y bueno, pues yo qué sé, te habré hecho… ¿a lo mejor 8.000 fotos?. Pues he tenido que aprender algo por cojones. Pero me quedo con el hecho de que estas cosas pasan. 


José Antonio Martínez en una imagen extraída de «Man in progress».
Fotografía de Juanda Cortés, Madrid, 2012.

    Le pregunto si él ve surgir de «Man in progress» el germen de Homo Artifex, si podría definir este proyecto a partir de aquél. Y me responde en el acto:
   
    —Pues hombre, a mí me cuesta mucho, la verdad, o sea ahora después de que hayamos hablado mil veces, de que me lo hayas explicado mil veces, quizá podría dar una definición de qué es Homo Artifex como proyecto. Pero, para mí, David Martínez y su idea ha sido siempre mucho más poderoso que Homo Artifex. Para mí, Homo Artifex es una plataforma audiovisual que se dedica a documentar procesos creativos con la intención de tal, tal y tal. Pero en realidad Homo Artifex es… —aquí se interrumpe: parece haber caído en la cuenta de algo importante—. Hace poco me acordé de ti al oír una frase que decía “Un hombre con una idea es un loco hasta que la lleva a cabo”, o una cosa de éstas, ¿no? Entonces sí, pues pim pan, pim pan, yo por aquí con esto, con esto y con esto… y además la capacidad de arrastrar a todo tu equipo contigo. Yo, ya te digo, si para empezar llevaba un año currando en Homo Artifex sin tener muy claro qué era Homo Artifex, quiere decir que yo estoy ahí porque te he seguido a ti, por tu empuje. Y luego sí: las palabras arte, procesos creativos, documentar, a mí me pones la palabra documentar, con tus propias fotos y con libertad, y ya un poco me va a gustar; pero básicamente es eso.
   
    Me siento perfectamente retratado por las palabras de Juanda, especialmente por “pim pan, pim pan”. Reconozco que, en el fondo, me gustaría pensar que yo soy un homo artifex, y sobre todo, que lo creo, que en efecto trato de crearme a mí mismo, y que me gustaría que los demás también llegaran a creerlo de sí mismos. Y si ya lo creen, que nos lo cuenten. Le digo a Juanda que, por tanto, me interesa mucho que me cuente si trabajando juntos se ha construido a sí propio como artista, y en caso afirmativo, si ello le ha conducido a descubrirse también como persona.

    —Sí. Sí, sí, sobre todo como fotógrafo —responde—, porque, como hablábamos antes, cuando te dan la libertad de ser tú mismo, te dan la responsabilidad de ser tú mismo. Y eso te obliga a buscar.

    El hecho es que nuestra larga relación y el transcurso de nuestras colaboraciones, me han permitido ser testigo de un profundo proceso de cambio en el propio Juanda, del que él mismo me ha hablado, por lo demás, en muchas ocasiones, y le pregunto si su vida no habrá consistido precisamente en esa búsqueda que ha mencionado, la búsqueda de un lugar en el que logre sentirse firmemente asentado. Dice que sí. Y de esta forma, concluyo que su proceso artístico es también su proceso personal. Le pido que comparta conmigo esa experiencia y la ponga en palabras, que me diga, sencillamente, si ahora se siente a gusto consigo mismo.

    — Sí, estoy bien —me dice—, pero sigo en ese proceso.

    Le pregunto si está satisfecho con el que camino que ha tomado.
   
    — Sí —me contesta de nuevo.

    Y entonces le pregunto si este proceso hubiera sido en absoluto posible de no haberse convertido en fotógrafo.

    —No, no —responde.

    Le pido que ahora me hable de la fotografía y de este proceso, desde una perspectiva puramente espiritual o, si lo prefiere, poética.

    —Voy a intentar responder cerradamente para no perderme —dice, se acomoda, piensa y prosigue: —La fotografía, para mí, es un lenguaje, un modo de expresión, cuanto menos racional, pues mejor. Entonces, en mi caso en particular, que resulta que soy una persona eminentemente racional, o mejor (en realidad no creo que nadie lo sea) más bien lo es el personaje que me ha traído hasta donde estoy ahora, que es un personaje eminentemente racional. Así como me he ido adentrando, interesando, profundizando, volcando en la fotografía, ese personaje eminentemente racional me ha empezado a generar conflictos, a ser un lastre. Hasta que yo no empecé a ser fotógrafo eso no me generaba ningún problema, porque de algún modo mi vida estaba muy proyectada hacia fuera: así encajes, así eres, podría resumirse. Eso… pues con la fotografía empieza a chirriar, porque, al fin y al cabo, aunque te guste enseñar tus fotografías, no fotografías para los demás. Y si fotografías para los demás eso se viene abajo enseguida. Entonces, cuando quieres fotografiar para ti, pues tienes que empezar a saber qué te interesa, qué no te interesa, por qué de repente ves contradicciones entre tu forma de ser para con los demás, en tu forma de relacionarte con el mundo, y en tu forma de fotografiar el mundo. Esas contradicciones, pues, puede que no, pero en mi caso sí me llevaron a hacerme preguntas, que son la base de un conflicto, y el conflicto es la base de cualquier progreso. Es decir, no estaría donde estoy si no fuera fotógrafo, estaría en otro lado.
   
    Caigo en la cuenta de lo difícil que es plantearse la hipótesis de si ese otro lado sería «peor» o «mejor», y le pregunto qué piensa.
 
    —Yo no sé si sería mejor o peor o tal —asegura—, pero que me gusta más éste, o sea, que dudo de que hubiese otro que me gustase más… sí: dudo de que hubiera otro que me gustase más. Hombre, justamente ahora estoy en un momento en el que lo que se dice proyectos de futuro concretos, externos a mí, no tengo. Porque mi proyecto de futuro ahora mismo surge de esos conflictos de los que hemos hablado antes. Mi proyecto parte de la necesidad de conocimiento. De autoconocimiento.

    Le pregunto dónde cree que llegará si logra satisfacer esta necesidad.

    —Me va a llevar al aquí y ahora constante —dice, con plena convicción—. Antes te hablaba del personaje que me ha traído hasta aquí. Es un personaje que ya no me sirve para seguir avanzando. Le doy las gracias porque me ha traído hasta aquí, pero ahora necesito desembarazarme de él. Creo que con ese Juanda había llegado a un tope, más allá del cual no paso, con el agravante de que no me puedo quedar ahí sabiendo que hay más. Si te quedas en un sitio pensando que no hay más, pues bueno, pues ya está. Hay gente a la que su personaje les sirve toda la vida, el mismo, y es cojonudo. Pero si por lo que sea no te sirve… es como la película, The Matrix, si tienes la opción de comerte la pastilla roja o la azul… sabiendo eso no te puedes comer la pastilla que te va a devolver a la cama.

    Sin embargo, yo tengo la sensación de que eso es exactamente lo que hace un buen número de personas. Así que ahora quiero saber cómo era el antiguo Juanda, y también cómo es el nuevo.

    —Pues el antiguo Juanda era una persona que vivía para fuera todo el rato, que llevaba un exitómetro incorporado. Y el éxito se puede medir de muchas maneras. El éxito se puede medir por la cantidad de gente que te saluda con cariño por la calle, por la cantidad de mujeres con las que te acuestas, por la cantidad de VIP’s de discotecas a los que entras sin pagar… bueno, digo se puede medir… y me doy cuenta de que estoy enumerando las cosas por las que yo lo medía. En fin, el éxito se puede medir por ese tipo de cosas, por cuánta gente habla bien de ti… pero al mismo tiempo eso de repente empieza a chirriar. Me viene a la cabeza una vez, hace años, cuando leí una frase de Oscar Wilde que decía: “Como no era genial, no tuvo ningún enemigo”. Y la sentí como una punzada en el esternón, y me dije: “Hostias, ese soy yo”, cambia la palabra genial por auténtico y soy yo. Yo preguntaba siempre: “¿Qué es lo que tú necesitas?, pues yo lo soy”, y sin preguntarlo, porque ya he desarrollado un radar de necesidades ajenas y una ansiedad por cumplirlas… pues eso. Aquí tengo que darle muchas gracias a la fotografía, porque desde muy al principio he sabido hacer fotografías que gusten, una cuestión matemática, que gusten a la mayoría, matemática pura, razón, y siempre que yo enseñaba mis fotos me decían: “Joder, qué fotos más bonitas”, y al principio, pues genial, de puta madre, pero así como iba avanzando un poco e iba queriendo ser más fotógrafo el “Joder, qué foto más bonita” era como si me dieran una patada en los cojones. Y de repente alguien me decía: “Hey, esta foto es muy tú”, y eso sí que lo disfrutaba. Porque aparte era, fíjate: era como, espera, voy a mirar esta fotografía a ver cómo soy; podía llegar a ese punto de paranoia o como quieras llamarlo, de “Ah, vale, ¿esta foto soy?, pues a ver, ¿aquí que he hecho?, ¿pero quién coño soy yo, tío?” Entonces, a partir de esos pequeños conflictos y otros derivados o similares, me he ido dando cuenta de que yo no era así, de que algo no estaba encajando. Y entonces claro, ya llega un punto que no puedo o no quiero desligar mi camino de autoconocimiento, más que nada para estar donde quiero estar todo el rato; no puedo desligarlo de la fotografía, porque para mí ha sido una herramienta para conocerme. Volviendo al ejemplo que tú has puesto antes, igual cuando tú y yo nos hemos conocido ese cambio ya estaba gestándose, porque yo seguía siendo un animal híper social, capaz de tener contacto con mucha gente, en muchos sitios, con mucho barullo, y desenvolverme muy bien, y sin embargo mis fotos se van a eso, a quitar ruido. No he parado de llenar mi vida de ruido, metafórica y no metafóricamente.

    Me reconozco sintiéndome plenamente identificado con muchos de los aspectos que Juanda acaba de describir, en mi caso recuperando mi cada vez más determinada tendencia al silencio. Y en ese momento, por primera vez desde que conozco a Juanda, identifico sus fotografías con el silencio, y se lo digo. Le digo que sus fotografías son silenciosas.

    —Es una buena forma de describirlo —concede—. Sí. Es verdad, no lo había pensado así, pero sí, lo veo.

    Recuerdo que, de hecho, en sus imágenes por lo general no aparece gente hablando, y que incluso cuando lo hace…

    — Sí —me interrumpe—, pero lo que más me llama la atención no es que alguien esté hablando, es otra cosa. Aparte, yo he hablado tanto y he dicho tantas tonterías, por no estar callado, que es como: “ ¡Ya! O sea, ya está. No más miedo al silencio, no más miedo a responder con una palabra”, lo que aparte es algo que siempre he deseado.”

    Le pido que me defina a su cliente ideal, cómo caracterizaría a aquellos con los que desearía colaborar en el futuro.

    —Pues con alguien que me diese la misma libertad que tú —responde—, con presupuestos más altos, y me permitiese llegar a fin de mes. Parir un proyecto y de ese proyecto poder vivir. Quizá ése sería el ideal.

    Entiendo que su ideal es planificar sus propias exposiciones, obtener una remuneración razonable por ello, y poder seguir creando. ¿No representa esto el paso del fotoperiodismo al arte?

    — Sí, lo que pasa es que claro, el fotoperiodismo siempre va a estar presente en mi fotografía. Sobre todo si entendemos fotoperiodismo no como la fotografía que aparece en periódicos, sino tal vez como lo que se llama fotografía documental, porque yo no soy un fotógrafo creativo en el sentido de que me invente un concepto y lo fotografíe.

    Me viene inmediatamente a la memoria al menos un caso en el que Juanda sí ha participado en la creación de un concepto que luego hemos desarrollado juntos, y lo comento.
    —Sí, pero fíjate que ahí han sido evoluciones de una idea tuya —me aclara—. Y aparte: que en un momento dado yo pueda aportar creatividad a un proyecto creativo, sí, pero el proyecto creativo tiene que nacer de otra persona. Porque para empezar no es la visión que yo tengo de mí mismo, y esto ya me limita en ese sentido. Quizás pueda ser creativo o personal en mi forma de contar, pero no es… voy a poner un ejemplo súper claro: Chema Madoz. Es un fotógrafo que tiene mil fotos muy famosas… Él crea conceptos. En su fotografía lo que veo es un soporte para su creatividad. Son todo fotos inventadas. Lo que se ve se ha utilizado para provocar la foto. Tiene una foto muy buena, en la que lo que se ve es simplemente arena y rastros de la típica lata de tomate frito, o tomate triturado, que tiene como circulitos concéntricos en la base: la ha ido poniendo sobre la arena y lo que parece es los salpicones de la lluvia en un charco, cuando es todo lo contrario. Es ese tipo de fotógrafo. Técnicamente es cojonudo, impecable, pero para mí la fotografía es el medio que ha utilizado para llegar hasta ahí. Yo nunca seré ese fotógrafo, ni David LaChapelle, yo me englobaré siempre dentro de la fotografía documental, digamos. Yo la utilizo también para expresarme a mí mismo pero a través de lo que ocurre en mi entorno.


La magia de los objetos, fotografía de Chema Madoz.

    Siento que es el momento de hablar de fotografía, sin más, de la idea de la fotografía, de la esencia de la fotografía. Le propongo un juego a Juanda: que imagine encontrarse con un extraterrestre recién llegado a la Tierra y tenga que explicarle qué es la fotografía.

    —Pues hombre, como te he dicho antes, la fotografía es, a nivel personal (al nivel en el que alguien siente la necesidad de coger una cámara y hacer fotos,) una forma de expresarse, tan obvio como eso. Una forma de expresarse, como he dicho antes, que cuanto menos racional sea, mejor (tiene que haber un mínimo de raciocinio porque hay un mínimo de técnica y quizás la intención necesite de algo del intelecto para materializarse, siempre). Pero sí, un modo de expresión, y de autoconocimiento también. ¿Por qué fotografío esto y no fotografío otra cosa? Creo que es algo así de simple. Y luego es cierto que la fotografía tiene otro componente, que no es menos fotográfico, y es su importancia social. Que ahora, además, en la era de la fotografía digital y la fotografía en los móviles, es una herramienta biográfica, autobiográfica, muy fuerte. La gente hace fotos a todo, todo el rato. Y dentro de quince años mirarán esas fotos y recordarán un poco cómo ha sido su vida.

    Esto me hace reparar en que, desde hace años, yo apenas tomo fotos, ni con la cámara, ni con el móvil, ni con nada. Y me parece curioso que, al mismo tiempo, mi trabajo con Juanda es una de las colaboraciones de las que más orgulloso me siento. Comparto con él estos pensamientos. ¿Por qué será que yo no hago fotos?

    —Porque yo te hago unas fotos cojonudas —sentencia, riendo—. No, no sé, porque tampoco creo que tú seas un ejemplo representativo de nada —le interrumpo con mi  propia risa, y cuando dejo de reír, prosigue—: O sea, no perteneces a una mayoría, eres un poco bicho raro en ese sentido. Tienes muy claro hacia dónde quieres volcar toda tu energía; entonces, para qué te vas a dispersar haciendo fotos, si aparte conoces gente que hace fotos, que las disfrutas, o sea, que no eres un ejemplo… Pero oye, yo lo veo, o sea: ahora el café con leche, ahora no sé qué, ahora la puesta de sol, tal, y ahora con Facebook, Instagram, la gente se cuenta la vida y se sabe la vida de todo el mundo básicamente a través de fotografías. Y luego hay otro componente, quizá mixto, que es muy interesante y es cuando la gente te contrata para que les generes sus recuerdos. La punta de lanza de esto es la fotografía de boda, que está muy mal tratada, ¿no?, es muy poco respetada. Pero el hecho es que la gente te contrata para que les generes sus recuerdos.

    Le confieso a mi entrevistado que me horrorizan las bodas, y que una agradable velada social se convierte, para mí, en una absoluta pesadilla cuando salen a relucir fotografías de boda o, peor aún, de viajes vacacionales. En esos momentos, soy capaz de salir corriendo y tirarme por el hueco del ascensor.

    — Bueno, claro, tú… y la mayoría —concuerda—. Pero yo creo que mucha gente aguanta para poder tener la licencia de ponerte las suyas cuando tú vayas a su casa. Yo me chupo tus 800 fotos todas iguales de tu viaje a Turquía, y tú te vas a comer mis 800 fotos con historieta incluida de Nueva York. Quizás eso responde a otra historia, que es la necesidad de mostrarse y de hablar de uno mismo… porque toda la fotografía es hablar de uno mismo. No sé si te acuerdas de que la primera serie que colgué en mi web se llamaba «Egotismo». Y bueno, creo que hay que quitarse el pudor al hablar de uno mismo.

    Me pregunto en qué consiste un concepto más elevado, digamos, más aristocrático, de la fotografía.

    —Pues otro igual de vulgar, pero en otro círculo —responde Juanda, dándole una larga calada a su pitillo liado a mano—. La fotografía deja de tener ese componente llamémosle vulgar… no creo que sea tanto dónde, o cómo, o qué fotografía veas, sino cuando hay una conexión entre el que la hace y el que la ve. Ahí la fotografía deja de ser vulgar.

    Cuando oigo (o leo) la palabra conexión, siempre me pongo especialmente alerta. Le ruego a Juanda que se extienda en esta idea de la conexión entre fotógrafo y espectador.

    —Pues que en ese momento se genere algo, ¿no? Entre tú, como observador, y una obra: ya se da por supuesto que existe una conexión entre la obra y el autor, de modo que esas conexiones están interconectadas, si se puede utilizar la expresión. Recuerdo ir a ver una exposición de Bacon, y aunque no podría explicar intelectualmente qué era cada cuadro, desde luego se produjeron muchas conexiones, lo que pasa es que no eran racionales, pero se produjeron y por tanto había una lógica, era lógico que yo estuviera allí con la boca abierta delante del cuadro.

    No puedo dejar de preguntarle si hay una lógica en su fotografía, una filosofía definida a partir de la cual surgen las relaciones y conexiones que se muestran en sus imágenes, como por ejemplo la tendencia a los elementos justos, según su visión, naturalmente, o esa significativa evocación del silencio a la que nos hemos referido.

    —Sí, eso, y no puedo evitar ver también un punto de melancolía, y creo que esa melancolía se deriva del anterior Juanda, lo que hemos hablado antes, del personaje, que te sirve para relacionarte con algo pero te encierra respecto a ti mismo. Entonces, yo no puedo evitar ver en mis fotos… verme como si fuese un niño que está viendo jugar a otros niños desde dentro de su casa. O sea, igual es muy cliché.


Sin título.
Fotografía de Juanda Cortés, Navacerrada, 2011.

    No comprendo por qué le parece un cliché, y él tampoco sabe muy bien por qué se lo parece: habla vagamente de autocensura y de miedo de mostrarse a sí mismo, pero a mí, sin embargo, la idea su fotografía como la visión de un niño que ve jugar a otros niños desde su casa, se me ofrece llena de una gran poesía.

    —Pues eso es lo que yo pienso de mí mismo, o sea lo que me he dado cuenta de que a mí me ocurre viendo mi propia fotografía. Entonces hay ahí una especie de impermeabilidad ahí que no…
    Se interrumpe. Nos quedamos en silencio. Comento la posibilidad de que en su fotografía se aproxime un giro radical que dé paso a una explosión de color y de elementos, pero Juanda se revuelve contra la idea:

    — Así empecé. Y no… y no. De hecho, recuerdo que uno de mis fotógrafos de cabecera era un tipo al que aquello que le ha hecho tan especial es la forma de componer sus imágenes, imágenes en las que hay muchos elementos y todos muy bien puestos, y el color. Un tratamiento de color con los colores pues eso, de puño cerrado, así que me fui a hacer un taller con él, y el primer día… Tú llevabas diez fotos, antes de empezar el taller, las ponías encima de la mesa y él hablaba de ti a través de tus diez fotos. Yo, por algún motivo, llevé cinco en color y cinco en blanco y negro, y entonces la mecánica era que él elegía cinco y rechazaba cinco. De las cinco mías que eligió dijo: “Fíjate que he elegido cuatro en blanco y negro y una en color pero que es blanco y negro porque hay dos colores presentes en la foto y una figura”. Y hostia, a mí eso fue como si me hubiera dado una patada en… ¡No, yo quiero hacer foto en color de puta madre, yo quiero ser un tío alegre, vitalista, que mi foto sea una explosión de vida!

    Le pregunto si no se ha planteado que aquel fotógrafo se hubiera podido equivocar, y le pido que revele su nombre.

    —Alex Webb —responde Juanda—. Y sí, o sea, en ese momento, a ese señor yo le puse a parir en el taller, pensé que iba de gurú, que no sé qué… Claro, yo le había mitificado. Presidente de Magnum 25 años, hace unas fotos de… — se interrumpe, y no dice nada más, pero la expresión a que su propio gesto parece aludir es: «de ensueño» —. Entonces: ese señor me dijo tres cosas a lo largo del taller. Y me fui del taller pensando: “Éste es un papanatas, ha venido aquí a llevárselo muerto, y tal”. Y al cabo de los años, las tres cosas me han venido como tres verdades como puños. Me dijo tres cosas. Una, esto que te acabo de contar del color y el blanco y negro. Que si bien con los años creo que me voy confirmando como fotógrafo de color, pero claramente no colores excesivos, ese tipo de color tan vitalista no, no lo soy, aunque sí soy de color. Sin despreciar el blanco y negro, que está ahí, en fin, igual estoy por definirme en ese sentido. Y luego me dijo otras dos cosas. Una era: cuando cojas la cámara, sal y juega. Y yo decía: “Hostia, qué fácil”, esto es lo típico que le dice el entrenador al jugador antes de la final, el otro al amigo que quiere conquistar a la chica: “Sé tú mismo”… claro vale, sí, esto ya me lo sé. Y la otra cosa que me dijo es: “Pero no luches contra la luz. Utilízala”. Claro, con el tiempo y la perspectiva sé que me pasé cinco días haciendo fotos para impresionarle, no me pasé cinco días haciendo fotos para mí. Y al final pues estas tres cosas han resultado ser verdades como puños. Que son muy obvias, se pueden aplicar a cualquier cosa de la vida, pero bueno…

    Para concluir, le ruego a Juanda que amplíe su experiencia de la fotografía como una relación directa con el aquí y el ahora.

    —Sí, tiene toda la relación del mundo. Para mí la fotografía ha sido la primera experiencia consciente del aquí y ahora. Cuando estoy fotografiando, cuando estoy enchufado fotografiando, no cuando estoy haciendo un catálogo de bolsos, sino cuando estoy siendo fotógrafo, siendo Juanda, fotografiando, es cuando no tengo consciencia de nada, la especulación mental desaparece, o sea es una reacción total e inconsciente, y creo que eso le da mucha consciencia, pero no sé si sé desligar esta paradoja.

    Y el caso es que también Fernando Monedero (Fer Reinvents), nos habló en la pieza audiovisual que le dedicamos de la importancia que, para él, tenía la música precisamente en su relación con el presente. Es como si la única forma que encontrásemos para conectar con el presente consistiera en no pensar en él.

    —Pues claro, es que es así. La razón es un arma de doble filo, con el filo que duele mucho más grande que el otro. Creo que todos hemos experimentado el aquí y ahora. Todo el mundo se ha dejado llevar por el aquí y ahora con la música, en algún momento, y es cuando mejor ha bailado, cuando más lo ha disfrutado, cuando menos te has ido, cuando más ha fluido, pero en ningún momento estabas pensado: “estoy bailando”. Reacción pura. Aquí y ahora; en el sexo es quizá donde el aquí y ahora está más democratizado. Porque, aparte, todo el mundo también ha practicado sexo sin estar en ese modo, y sabe que no tiene nada que ver. Así que creo que el aquí y ahora: para mí ése es el concepto alrededor del que mi vida está girando.


Fin de la entrevista.



Selección de fotografías de Juanda Cortés, 
realizada por él mismo.



Quise explicarme pero no supe qué decir.


Cualquier rastro de vida.


Un verdugo en cada esquina.



Luna llena.



Una palabra tuya.



Silencio.



El espíritu de la escalera.



Por omisión.




Demasiado precavido.



Sergio me contó que la perfección es a lo que te agarras 
cuando no encuentras el talento.



Contigo.



Asiento 56.











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