viernes, 20 de noviembre de 2015

Luis Verde Quintet en Bogui Jazz




LUIS VERDE QUINTET

EN BOGUI JAZZ


Por David Martínez Romero

Madrid, 20 de noviembre de 2015


Luis Verde Quintet (imagen cortesía de Bogui Jazz)



No es éste precisamente un cable de última hora, lo sé, pero el hecho es que el pasado sábado 26 de septiembre, Luis Verde presentó en Bogui Jazz su segundo disco, titulado In lak’ech - Hala k’in, y lo hizo acompañado por el íntegro quinteto también responsable, junto a un selecto grupo de amigos invitados, de la grabación del álbum: Ariel Brínguez (saxo tenor), Marco Mezquida (piano y Fender Rhodes), Michael Olivera (batería y percusión), y Reiner Elizarde, “el Negrón” (contrabajo). La apuesta musical para un sábado noche resultaba un tanto arriesgada, como reconocería el propio Dick Angstadt, director de Bogui Jazz, tratándose de un compositor, Luis Verde (saxos alto y soprano), cuya propuesta jazzística excede los límites de una tradición algo osificada tanto en los gustos del público como en la habitual selección de las salas de jazz madrileñas, esto es, de las pocas que quedan y, como es el caso de Bogui Jazz, mantienen heroicamente el pulso a la desidia institucional y a las múltiples dificultades que entraña la música en directo, amplificadas cuando se trata de música creativa, o contemporánea, o simplemente jazz.

    Y sin embargo, el riesgo tuvo su recompensa, por lo que respecta a los asistentes, que llenaron la sala y valoraron con su viva atención y entusiasta aplauso la ejecución del quinteto, pero desde luego también para el más entusiasta de todos, el mismo Dick , quien se mostró exultante ante el resultado de su apuesta. Ante todo, celebró la concentración de la audiencia: “Parecía La Scala de Milán –dijo–: ¡No se oía ni un suspiro!” Y no pudo dejar de agradecer la presencia de otros músicos entre el público, de los cuales aseguró que, estaba claro, habían ido a escuchar. Pocos días después, Luis Verde compartía conmigo la excitación, y afirmaba “estar muy contento con lo que se tocó y cómo se tocó. Y estoy más que contento con los músicos, mis amigos. Los amo a todos y cada uno de ellos.” Debo confesar que también yo me sentí orgulloso de haber sido invitado a la presentación y de haber tenido oportunidad de escuchar previamente el disco, junto con el anterior (World of distractions), ambos cedidos amablemente por el propio Luis. La inevitable búsqueda de referencias cuando se trata de comunicar “una” experiencia quizá demuestra lo superfluo de la experiencia misma, pero en este caso resultaría además inútil porque es ciertamente complicado encontrar referencias inmediatas a la música de Luis Verde. Y esto, dicho sobre un artista que reconoce expresamente no tratar de innovar, sino limitarse a dar salida a su propia voz, a pesar de lo cual él tiene claras las influencias que lo han acompañado en el proceso de creación, entre las que cabe destacar a Ambrose Akinmusire o Gerald Clayton.


Luis Verde, fotografiado por Antonio Porcar


    Las sensaciones que tuve en mi primera escucha del disco en la intimidad, refrendadas por la apasionada ejecución de la presentación, se han seguido manteniendo en las sucesivas escuchas que le he dedicado desde entonces. Quizá mi mayor elogio, consciente de que tampoco esto significa demasiado, es que, de hecho, he incorporado el disco a mis listas habituales, de modo que regresa una y otra vez junto con mis selecciones favoritas. La calidez de los tonos, la curiosa cercanía a pesar la complejidad estructural que se alcanza en no pocas ocasiones, la variedad en los registros y, a pesar de ello, la imagen de sólida unidad, o los rasgos oníricos que vibran a menudo incandescentes, todo ello converge en piezas como Cuando el corazón fluye 2, Leviatán o la “Intro” de Chava Chida, por poner solamente tres ejemplos. Pero desde la imaginación del escritor y realizador audiovisual que firma este Apunte, lo más destacado, y agradecido, de la música de Luis resulta ser su «visualidad» (sin duda es demasiado pronto para hablar de un carácter visionario), la facilidad con que atendiendo a sus composiciones se dibujan planos, escenas, situaciones en mi mente, y me encuentro así completamente integrado en su desarrollo. Mi propuesta es hoy escuchar In lak’ech - Hala k’in para contrastar así mi opinión y, de paso, conocer, y aún mejor reconocer a este joven artista sumamente prometedor que responde al nombre de Luis Verde.

    La idea era, en realidad, aguardar a un próximo regreso de Luis a los escenarios madrileños para publicar este apunte conjuntamente con la entrevista, pero he decidido hacerlo ya, porque la distancia podría hacerse kilométrica. Y éste es el problema. Me resulta aterrador pensar que no son más las oportunidades de disfrutar del Quinteto de Luis Verde, para empezar en Madrid, también en las restantes ciudades de nuestra española geografía, y por seguro en otros países de cuidada cultura jazzística. Como en su caso, son numerosos los creadores e intérpretes de jazz, jóvenes y no tan jóvenes, que carecen de la exposición que indudablemente merecen e innegablemente necesitan, todo lo cual va en detrimento de un público que, a su vez, tiene la obligación de mostrarse más exigente con la oferta cultural autóctona, comenzando por exigir la oportunidad de conocerla de primera mano.


    Es preciso situar la importancia del jazz, de la música creativa, en la música contemporánea: no me parece desatinado medir el nivel cultural de una sociedad por el cuidado e interés que demuestra hacia el jazz, medición de todo punto cualitativa frente a otras conocidas mediciones de carácter estadístico que, además, no hay quien se crea. Hace ya mucho tiempo que el jazz pasó de ser una peculiaridad folclórica del Norte Americano, para alcanzar una universalidad de la que hay que enterarse, dicho para todas las instituciones estatales relacionadas con la cultura, y para sus representantes. Claro que, para darse por enterado, hay que tener en general la capacidad de enterarse de algo.











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